Hay muchas cosas que no me gustan de Norteamérica. Casi tantas como las que me gustan. Yo, niño ochentero deslumbrado por la omnipresencia de los decorados estadounidenses en las películas de entretenimiento, no negaré que me gustaría vivir en Nueva York. Comer perritos por la calle. Correr por Central Park. Formar parte de una cadena de televisión que ven más de 30 millones de personas. O narrar una final de la NBA.
No estoy de acuerdo, sin embargo, con el papel de Policía del Mundo del país dirigido por Obama. Ni con su falso puritanismo. Tampoco con su extremada obsesión por el éxito, que en gran parte ha llevado a la crisis en la que nos hallamos inmersos.
Pero por encima de todo hay una cosa que admiro de ellos, aunque siga habiendo sectores discordantes ante chorradas como que se vean unas bragas en una serie de televisión: su crítica mordaz, feroz, hacia aquello que no les gusta de su sociedad. Y, sobre todo, su aceptación por parte de la mayoría de los colectivos, conscientes que más allá de que puedan ser señalados en la televisión o en el cine está la libertad de expresión por la que tanto han luchado.
Viene esta reflexión al hilo de dos fenómenos, uno cinematográfico y otro televisivo, que he tenido la suerte de poder desgustar en las últimas semanas. 'Los idus de marzo' en formato celuloide y 'Glee' en modo serie adictiva.
Del primero me llaman la atención tres cosas que en España nunca ocurrirán: que se hable abiertamente de corrupción política, que lo haga una persona respetada en la industria como George Clooney y que además se le premie por ello. De lado dejo ya la excelente factura del film, muy difícil de encontrar en nuestro país, hasta el punto que este tipo de grabaciones suelen aparecer muy a posteriori y en formato de teleserie para los domingos por la noche.
Del segundo, del que me había hablado muchísima gente pero del que no tenía referencias directas, diré que me ha sobrepasado. Más allá de su formato de serie juvenil de instituto con estereotipos fijados y grandes canciones versioneadas, hay en cada capítulo mensajes brutales sobre lo que a los americanos les repugna de su propia sociedad.
El acoso a los alumnos con más talento pero menos populares, la escasa personalidad de los líderes personificados en quaterbacks, la escasísima educación sexual de algunas regiones (transcurre en Ohio), la imperiosa necesidad de guardar las formas en algunas familias hasta el punto de no proporcionar cariño a sus hijos, la difícil integración de minorías étnicas y personas discapacitadas...
Para aquellos que todavía no han tenido la suerte de ver en el cine o seguir en la televisión la película o la serie, en ambos casos se las recomiendo fervientemente. Porque a veces, demasiadas, en USA abusan de formatos donde su presidente pilota un avión y salva al mundo en una pantalla. Pero en muchas otras estás cien años por delante del resto del planeta.
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