Tuve la inmensa suerte de disfrutar de mi abuelo paterno hasta que casi cumplió 92 años. A los 89, con delicadeza, mi hermano y yo decidimos plantearle que quizá ya era el momento de dejar de ir en Vespino. Y a los 85 nos tomamos con él y con mi padre un arroz a banda sublime en el ya extinto (Plan del Cabanyal de Rita Barberà mediante) restaurante Paco Polit.
Sin embargo, pese a pasar muchos fines de semana con él (y con mi abuela cuando vivía), casi todas las comidas de Navidad de mi vida hasta hace muy poco tiempo y los primeros veranos de mi existencia, nunca fue capaz de hablarme de la Guerra Civil.
Mi abuelo, obligado a enrolarse en el bando republicano, sobrevivió a la batalla del Ebro. Fue condenado a un campo de concentración en Canarias. Permaneció encerrado allí hasta los 30 años. Y cuando volvió a Almussafes y se casó, trabajó honradamente en una tienda de alimentación pero siempre vivió amenazado por sus ideas.
Fue el fundador del PSOE en la localidad famosa hoy por albergar la factoría de la Ford. Tuvo que quemar todos los papeles (avisado por amigos) durante el golpe de estado de 1981. Pero nunca se escondió de nadie. Aunque siempre fue prudente para tratar de que no se dañara a su familia.
Sin embargo, la Guerra le marcó demasiado. Siempre, cada 25 de diciembre, intentaba contarnos alguna de las historias que por desgracia le tocó vivir. Pero siempre, en apenas dos minutos, las lágrimas le impedían hablar más allá de algunos nombres y situaciones genéricas. Y nunca pudimos compartir su dolor. Ni ayudarle a expiarlo. Ni nosotros, sus nietos ni mi padre, tal como me contó en varias ocasiones.
Apenas nos enteramos de que una familia canaria comandada por un hombre llamado Amílcar fue clave para que pudiera obtener el indulto. Y que lo hizo gracias a su habilidad para tocar la trompeta, lo que le permitió unirse a una banda de música y ver como poco a poco se fraguaba su conmutación de pena. Esto, junto con algunas cartas y fotografías, es todo lo que tengo suyo de esa época. Y ya nunca podré tener nada más.
Por eso os hablo en el título de ese libro que nunca podré escribir. Siempre quise titularlo 'La trompeta' y narrar en él lo que vivió un hombre bueno obligado, como muchísimos otros, a pelearse contra primos y hermanos. Pero mi intención era contarlo desde su perspectiva, porque libros de la Guerra Civil hay demasiados. Ya no podrá ser. Pero quede, al menos, este post como homenaje a la intención que tuve. Y a la memoria de mi abuelo.
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