Recupero esta sección del blog donde me gusta presentaros a la gente extraordinaria que por fortuna me rodea, para que podamos descubrir juntos cómo personas normales de nuestro entorno son capaces de hacer cosas grandes a diario.
No quiero convertir esta entrada en un obituario. sino en un homenaje. La escribo hoy como podría haberlo hecho hace más de un lustro, cuando conocí a Romano. Una persona que me marcó pese a nuestros escasos encuentros personales.
Siempre me hablaron de él como un aventurero. Y ciertamente lo fue. En su juventud fue marinero. Conoció a su mujer ya pasados los 40 a través de la ondas, pues ambos eran radioaficionados. Uno en Italia y la otra en España. Una persona que es capaz de enamorar a otra a través de un micrófono merece toda mi admiración.
Desde entonces residió y dio vida a San Silvestro, una pedanía de la costera localidad italiana de Pescara. Allí disfrutaron de muchas cosas suyas, aunque de la que más lo hice yo fue de su hospitalidad y de su inigualable mano para la pasta. No creo que pueda probar nunca unos spaghetti frutti di mare como los que descubrí en 2009.
Allí, sin su amada Mari durante mucho tiempo, crió él sólo a un niño que perdió a su madre demasiado joven. Y, mientras, se adaptaba a las nuevas tecnologías registrándose en Facebook y Twitter. Y vencía complejos rehaciendo una familia de la mano de una maravillosa siciliana.
Pero sobre todo tuvo algo Romano que le destacaba por encima de los demás: cuando la cercana L'Aquila sufrió uno de los peores terremotos de la historia de Italia, no tardó con más de 70 años ni un segundo en marcharse allí a ayudar a los damnificados. Y fue clave en la recuperación de las comunicaciones por radio en los primeros momentos de la tragedia.
El siglo pasado sólo nos hubiera dejado el libro que escribió en papel sobre sus andanzas marítimas, pero afortunadamente con las nuevas tecnologías nos queda su blog (www.pescaraonline.net), donde hablaba de radio y de viajes, pero desde el cual también enseñaba a los 'profanos' transalpinos a hacer una paella como Dios manda.
Poca gente de su generación tuvo tanta curiosidad por tantas cosas. Y hubiera sido capaz de estar en conversaciones tan diversas como las que versaban sobre política, religión, tecnología o gastronomía.
Sirva este post, escrito a base de lágrimas, como homenaje a una maravillosa persona. Ciao caro Romano. Vostra gentilezza straordinaria sarà sempre nei nostri cuori
Este es un post difícil de escribir para un periodista deportivo de vocación. No por el hecho mecánico de redactarlo, porque siempre disfrutas haciéndolo. Sino por la sinceridad con la que voy a hablar y por cómo habrá gente que lo aproveche para criticar mis palabras.
Desde que mi padre me llevó a Mestalla en un Valencia-Figueres de Segunda División me ha gustado el fútbol. Desde ese momento comencé además a practicarlo. Cuando era pequeño pensaba que los goles se restaban. Es decir, que si recibía tres y yo metía uno sólo me ganaban por 2-0. Es uno de los recuerdos que guardo de mi infancia.
Tras mi traslado vital a Valencia desde Almussafes nunca me centré del todo en los estudios. Suspendía asignaturas que luego sacaba sin dificultad en septiembre. Pero, por el contrario, me empapaba de todo lo que tuviera que ver con deporte.
Leía Superdeporte cuando aún era un periódico semanal. Me dejaban escribir artículos en una sección llamada Opinión cuando aún estudiaba COU. Conocía equipos de fútbol sala, rugby y balonmano que la mayoría de mis amigos no sabían que existían. De hecho, fue en segundo de BUP cuando un amigo llamado José Manuel Izquierdo despertó en mí la chispa del periodismo: hizo un trabajo de clase encuestando a compañeros sobre si sabían de la existencia de los conjuntos polideportivos valencianos y estimuló mi curiosidad por hacerlo. Hasta hoy.
Recuerdo cuando con Víctor Lluch y Kike Mateu inicié mi primer programa de radio con 18 años en Radio Luz. Mi primera entrevista, a Antonio Poyatos, cuyos goles cantaba un año antes como aficionado delante de la tele. Mi primera aparición en la Ciudad Deportiva del Valencia como proyecto de periodista, no como aficionado. Mi primer pase permanente para Mestalla y para el estadio Ciudad de Valencia. Mis primeros viajes para retransmitir con la emisora Onda Uno. Y tantas cosas positivas y emocionantes vinculadas al fútbol.
Sin embargo, trabajar a diario con alguien siempre desgasta y desmitifica. Y cuando gente a la que admirabas te mira con superioridad, se niega a pararse para decirte simplemente NO a una petición de entrevista o hasta te pide explicaciones por algo que has dicho en la radio, la ilusión se va cayendo.
Tampoco ayuda saber que tú has estudiado y trabajas cada día intentando ser creativo las 24 horas para ganarte un sueldo cuasidecente, mientras muchos de ellos tienen la vida solucionada (en ocasiones, de forma inmerecida). Sí, lo admito. Me da rabia su situación económica. La de gente que muchas veces desprecia a personas que sientes cosas por ellos simplemente porque forman parte de un escudo. Y que creen que pedir perdón por Twitter les exime de todos sus pecados. Y me da envidia, por ejemplo, que Guardiola pueda vivir en Nueva York y conocer Argentina para dar una conferencia. Sobre todo porque creo que hay mucha gente no futbolista igual o más brillante que no tiene la misma suerte, a pesar de rinde al máximo 340 días al año y no 35 como algunos casos.
Mientras tanto, descubres que te lo pasas mejor haciendo llegar a la gente a través de los medios historias de personas que valen la pena como David Casinos. O que es más agradecido hacer saber a la gente que un equipo de baloncesto femenino ha sido capaz de meter 8.000 personas en un pabellón.
Y sin embargo, a tu alrededor nadie piensa como tú. Los amigos te envidian por estar cerca de los futbolistas y por poder viajar con ellos. En las cenas donde quedáis de uvas a peras te preguntan antes por el Valencia que por tu familia. Cuando alguien te reconoce por la voz (algo que sí me emociona, y mucho, no por el reconocimiento en sí sino porque sabes que hay gente al otro lado que te escucha en la radio) te habla con entusiasmo para que le cuentes cotilleos del equipo de turno.
Por eso me pregunto si soy yo el que va al revés. Porque a mí el fútbol, a todos los niveles, cada vez me está gustando menos. Pero hay mucha gente a quien cada vez le gusta más, quizá porque (dicen) les ayuda a evadirse de sus problemas.
Últimamente voy a nadar una o dos veces a la semana. Como cuando corro, me ayuda a pensar. Y siempre pienso que me encantaría comprarme un mp3 acuático para escuchar música mientras hago ejercicio en el agua.
Más veces salgo a hacer running. He pensado que me vendrían bien más calcetines, así como un segundo par de zapatillas de última generación, unas mallas por debajo de las rodillas y una funda para ponerme el Samsung (que es muy grande) en el brazo mientras hago kilómetros.
En mi vida diaria ya hace mucho que no voy de compras por el simple placer de hacerlo. Me gustaría comprarme un par nuevo de vaqueros, ahora que en HyM he encontrado el modelo que me gusta y que creo que me queda bien. Y alguna camisa y algún zapato más, por aquello de tener variedad.
Necesitaría urgentemente una funda para el iPad, porque ya tiene un pequeño rasguño en la parte de abajo del cristal y me puedo cortar. O puede volvérseme a caer y romperse del todo. Y, ya puestos, igual me vendría bien un Samsung Galaxy S3 en lugar del S2 que llevo desde hace casi un año.
Mi tele es de 32 pulgadas. La compré en 2005. El mando a distancia está roto y para encenderla tengo que pulsar un botón que cada vez está más hundido. Tampoco tengo un DVD con USB, que siempre ayuda para ver series.
Y no me vendría nada mal poder adquirir un cargador del teléfono para el coche, aunque no lo coja mucho. Y, puestos a pedir, un piso con al menos una habitación más, porque el mío sólo tiene dos y una nena preciosa ha ocupado la que estaba libre.
Este podría ser el pensamiento de mucha gente. El que le lleva a acumular frustraciones porque no puede acceder a todo aquello que querría tener. Y que le hace entrar en barrena emocional ante la imposibilidad a causa de la crisis de comprarse lo que le apetece. De salir a cenar cuando le apetece. De darse caprichos de vez en cuando.
Así nos han educado. Para ser felices en base a lo que queremos tener, no a lo que tenemos. Algo que nos lleva a confundir la ambición con el 'siempre quiero algo más'. Y que en muchos casos nos imposibilita para disfrutar de lo que ya hemos conseguido.
Ahí es cuando pienso que tengo un piso que compré cuando me gustaba y que puedo seguir pagando. Que dispongo de material de sobra (y de alta calidad) para practicar deporte. Que llevo un smartphone cuyo coste de mercado es de 500 euros. Que con la ropa que tengo aparecen infinitas combinaciones como para que pueda no comprarme más en uno o dos años. Que si mi tele se ve no necesito una Smart, que no va cambiar las cosas que ya veo en mi tablet. Y, sobre todo, que hay miles de millones de personas que ni de coña van a llegar a tener en su vida lo que yo tengo ahora mismo (y no hablo de gente de África, sino de muchos que me cruzo por la calle cada día). Sin ser rico en dinero, ni mucho menos.
Escribo esto el día en que España supera por primera vez en su historia los seis millones de parados. Donde familias enteras no tienen trabajo, son desahuciadas y si tienen suerte pueden buscarse la vida en otro pais. Y, si no, pueden acabar viviendo de la caridad o hasta malviviendo.
¿En serio somos más felices por comprarmos el iPhone 5? A mí no me disgustaría tenerlo, pero con lo que tengo ahora (que es muchísimo) vivo inmensamente feliz. Si puedo mejorar por supuesto que lo haré. Y trabajo cada día para ello. Pero eso no significa que una vez conseguidas todas estas cosas debamos dejar de saborearlas, con lo que nos ha costado obtenerlas, porque queramos pasar en apenas un segundo al siguiente objetivo.
Vivimos en un mundo maravilloso, donde abres el grifo y te sale agua. Donde das la vuelta a un botón y puedes calentar la comida. Donde puedes comunicarte con cualquiera a miles de kilómetros de distancia con solo apretar un botón.
Sin duda, hemos llegado a este nivel después de que hombres y mujeres de un talento extraordinario fueran capaces de tomar una decisión en su momento. Una decisión que cambió sus vidas, pero sobre todo las de la mayoría de los habitantes del planeta.
Somos también, sin embargo, una sociedad dubitativa. Tendente a la autocomplacencia y la depresión. A pensar que en medio de esta crisis no hay nada que hacer. A pensarnos demasiado nuestras grandes decisiones, en lugar de echarnos hacia adelante cuanto más pronto mejor y aprender del error. O del acierto.
En ese sentido, hemos perdido algo que hizo de nuestra especie algo único: la capacidad de tomar decisiones rápidas. Gracias a ello pudimos sobrevivir a los grandes depredadores. Aumentar el tamaño de nuestro cerebro. Inventar el fuego. Construir edificios. Llegar al espacio.
Que nadie se engañe. Todos los animales están acostumbrados a tomar decisiones al segundo. Unos para cazar. Otros para huir. Algunos otros incluso para decidir si se unen o no a una manada. Pero hay algo que ha caracterizado al hombre por encima de todos ellos: la capacidad de análisis.
Pero ésta, lejos de seguir hacer creciendo a toda la humanidad, cada vez condena a más personas. Mucha gente habrá oído hablar de la 'parálisis por análisis'. De no dar un beso a esa chica que te gusta por pensar en qué te dirá si no eres de su agrado o si te ha dado las señales adecuadas. De no abrir un negocio hasta no tener al detalle todos los posibles escenarios plasmados en un papel. De no cambiar de trabajo por si sale mal y así tengo ya uno, aunque no me guste. De escoger una carrera que no te gusta porque no has encontrado aquello que te apasiona.
Solamente en una cosa nos superaban los neandertales: en tomar decisiones rápidas. Y la mayoría buenas. Porque si no las hubieran basado en la experiencia o la inteligencia no estaríamos aquí. O sea que algo hicieron bien.
Quizá deberíamos aprender de ellos. Al fin y al cabo, por mucho que las hayamos pensado hemos errado muchas decisiones en nuestra vida. Y hemos perdido un tiempo precioso en ese proceso. Y, al final, la pregunta siempre es la misma: ¿me apasiona o no?. Si es que sí, adelante. Y si te caes, siempre tendrás tiempo de levantarte.
Para quien no tenga esa información, la agencia de comunicación en la que trabajo día a día (Pasarela Comunicación) asesora en temas de imagen al cuádruple campeón paralímpico David Casinos, entre otros muchos deportistas y clientes.
Durante el año 2012, el atleta de Moncada tuvo más apariciones en prensa por ejemplo que Mireia Belmonte, a pesar de que tradicionalmente el deprte paralímpico ha tenido escasa repercusión en los medios de comunicación.
Contextualizo de esta forma para que la gente se haga una idea de quién es David hoy: posiblemente el atleta paralímpico más conocido de España, uno de los más laureados, abanderado en Pekín 2008 y una de las personas más demandadas para dar charlas en empresas como Ford, Telefónica o Seguros SantaLucía.
Una vez reflejados los antecedentes, echamos la vista ligeramente atrás unos meses, cuando el moncadense cuelga en su Twitter que alguien le estaba disparando con perdigones mientras se entrenaba en Valencia. Alguna gente dijo que quería hacerse notar en los medios (algo absurdo, a tenor de lo explicado anteriormente y más con su entrenador como testigo), pero el caso es que varios medios nacionales lo entrevistaron y la historia se convirtió en algo que no queríamos.
Es por ello que cuando la semana pasada tuiteó que un encargado de la cadena de Supermercados MasyMas le había impedido inicialmente la entrada al establecimiento con su perra guía porque según su criterio los canes no pueden acceder a lugares con comida, decidimos no hacer más eco de la noticia que a través de sus redes sociales.
David, a través de nosotros, recibió llamadas de la Cadena SER, la cadena COPE, Onda Cero, Antena 3 y Tele5 entre otros medios para solicitarle una entrevista. Hubiera sido fácil tener una repercusión enorme: aceptamos todas, denunciamos lo que ha pasado y fuera.
Sin embargo, para evitar comentarios de personas que creen que la denuncia de un discapacitado son ganas de llamar la atención, explicamos amablemente a todos esos medios que les agradecíamos su interés, pero que la historia ya se había contado en las redes sociales y en consecuencia la denuncia de la situación (que era lo que se buscaba) ya estaba hecha.
Gracias a eso, muchas personas de la ONCE tuvieron la posibilidad de exponer su punto de vista en emisoras, periódicos y televisiones de ámbito nacional. Tanto es así que en la organización agradecieron a David su iniciativa, puesto que se ha vuelto a poner en valor la función de los perros guía y la necesidad de conocer la legislación sobre ellos.
Y mientras, Casinos sigue entrenándose para su gran cita del año: el Mundial de Lyon. Sin molestar a nadie, pero denunciando casos que son lesivos para su colectivo. A pesar de lo que diga alguna gente.
PD.- MasyMas señaló a la agencia EFE que se habían puesto en contacto con David para pedirle disculpas. No es cierto. Y así lo reflejó el atleta en su cuenta de Twitter, poniendo punto final a la polémica.
Hay periodistas buenos, regulares y malos. Exactamente en la misma proporción que arquitectos buenos, regulares y malos. O que abogados buenos, regulares y malos. Aunque se haya extendido la generalización de la crisis del periodismo, lo cierto es que hay de todo. Como siempre ha habido.
Es por eso que hay gente que da noticias y otra que no. Y medios que dan más noticias que otros, porque tienen mejores periodistas o simplemente no contratan becarios como mano de obra barata para copiar y pegar en lugar de instruirles en cómo buscar información.
Sin embargo, para entender la crisis del periodismo aquellos que no están dentro del mundillo deben saber varias cosas, concernientes a quiénes dirigen ahora los medios, qué tipo de sueldos se pagan, qué horarios se realizan y sobre todo quién debe vender el producto.
El primer apartado es sencillo: los ERE los realizan directivos que no son periodistas. Esto qué significa? Que se cargan a la gente en función de lo que cobran, no de lo buenos que sean o de la capacidad que tengan de atraer lectores-oyentes-televidentes-clicks a su medio. Con lo cual ocurren cosas como las de El Pais: un periódico rentable donde despiden redactores a causa de las pérdidas de las otras empresas del grupo y encima a muchos de los que echan eran aquellos a quienes la gente quería leer cada día.
Apartado dos: los sueldos. Pondré mi caso para que nadie se ofenda. Nunca, NUNCA, en un medio de comunicación de los llamados clásicos he llegado a ganar 1.000 euros. Superé esa cifra trabajando en una productora, pero fue en época pre-crisis. Para que os hagáis una idea, alguno de los últimos afectados por la extinción de una radio tenía 598 euros de sueldo base, trabajando un mínimo de seis días a la semana. Esto a qué lleva? A gente quemada o con poca experiencia que no consigue (no porque no quiera, sino porque muchas veces le falta rodaje) elevar el nivel de su medio para que éste tenga más fans y, en consecuencia, genere más publicidad.
Apartado tres, los horarios, aunque de esto es de lo que menos nos tenemos que quejar porque sabemos que son así desde que queremos ser periodistas. Pero es bueno que la gente lo sepa, más que nada porque no hay profesional al que no le hayan preguntado alguna vez en su vida 'Ah, pero tú trabajas el uno de enero?'. Por poner el caso de deportes, todos los fines de semana del año (o casi todos) se trabaja. Y muchas veces se realiza una jornada normal y luego se cubre un partido a las 10 de la noche, llegando a casa pasadas la una de la madrugada. Que lo hacemos con gusto? Muchísimas veces. Pero los sueldos y la escasa flexibilidad de los jefes anteriormente mencionados van restando ilusión día a día. Y respecto a lo del uno de enero, siempre contestamos lo mismo: 'Tú quieres escuchar la radio o ver la tele ese día? Pues alguien tiene que estar ahí'.
Pero el último apartado, depués de esta introducción, es el que considero más importante. Pongámonos en un medio ideal: multimedia, con profesionales de alto nivel, buenos sueldos y un prestigio a prueba de bomba. Es decir, el New York Times. Pues resulta que la web del NYT no es rentable! Y mi pregunta es: eso es culpa de los periodistas? A lo que respondo rotundamente NO.
No es trabajo de los periodistas saber cómo monetizar uno de los sites más visitados del mundo. Como no lo es encontrar nuevas formas de financiación para los medios. Tampoco decidir si hay que dar un impulso a lo digital en detrimento del papel. Y ni siquiera convertir su medio en un negocio próspero.
Porque eso, TODO ESO, es función de los comerciales y los directivos. Y los primeros paran en seco su trabajo cuando llegan a sus objetivos mensuales (sea el día 2 o el 24) y los segundos han demostrado que sólo saben despedir a la gente, porque nadie en TODO EL PLANETA ha sido capaz de no despedir a algún periodista durante 2012.
Así que acabo como empiezo. El futuro del periodismo depende de los periodistas? Y mi respuesta, por desgracia, es NO. Porque los periodistas SÍ están haciendo bien su trabajo. Pero al final los que se quedan en sus puestos son los que están siendo incapaces de hacer bien el suyo.
Vivimos tiempos muy complicados. Tanto, que por primera vez en mucho tiempo alguna gente, rival durante toda su existencia, trabaja codo con codo para sobrevivir. Y descubre que aquel a quien odiaba o despreciaba en realidad puede ser un gran aliado. Y, en algunas ocasiones, hasta un buen amigo.
Sin embargo, existen reductos donde los odios se acrecentan por más que uno no quiera. En el mundo político es tan evidente que los gobernantes han dejado de preocuparse por arreglar los problemas de sus ciudadanos para ver quién es menos incompetente. Cosa difícil, por otra parte.
Y esto es algo que también ocurre en el mundo del fútbol. Allí la rivalidad siempre ha existido. En algunos casos, bien entendida. En otros, por desgracia, provocando enfrentamientos primero verbales y luego hasta físicos. Porque se sigue justificando que todo lo malo que nos pasa en la vida podemos echarlo en forma de espumarajo bucal dentro de un recinto deportivo. Y si es contra el vecino, mejor que mejor. Y si es con mala leche y tirando a hacer daño, aún más.
Soy aficionado del Valencia Club de Fútbol desde que a los seis años mi padre me llevó por primera vez a Mestalla. A nadie, o a casi nadie, nos dejan elegir nuestros colores. Nos los inculcan desde la infancia, haciendo que los asociemos a recuerdos tan hermosos que ya no se nos borran jamás. No es una crítica. Pero es una realidad.
También soy simpatizante del resto de los equipos que integran la fauna deportiva de mi ciudad. Primero, porque me gusta ver a la gente de mi alrededor. Segundo, porque en ocasiones transmiten valores que dan ejemplo a la sociedad y hasta a sus contrincantes. Y tercero porque, como periodista deportivo, cuanta más actividad haya en mis cercanías más posibilidades tendré de trabajar.
Si alguien no lo cree, puedo resumirle muchas de mis retransmisiones a lo largo de los últimos 15 años: Valencia Club de Fútbol, sí. Levante Unión Deportiva, también. Pero pasando por el Valencia Basket, los desaparecidos Ros Casares de baloncesto femenino, Vijusa Valencia de fútbol sala o Waterpolo Valencia, Mundial de Motociclismo en Cheste, Mundial de Fórmula 1 en el Valencia Street Circuit... Y eso sin contar presencias para gestionar noticias en el Medio Maratón de Valencia, la America's Cup, los partidos de balonmano del Vamasa, el Osito o el Ferrobús, las competiciones atléticas del Valencia Terra i Mar o las carreras en Estados Unidos del piloto de automovilismo Adrián Campos Junior.
Y sin embargo, hay dos vertientes que parece que te penalicen cuando hablas de 'los otros': se me ocurrió poner en Twitter un día que para ver buen fútbol y ambiente sano había que visitar el estadio del Levante y muchos valencianistas se molestaron. Pero en ningún caso menospreciaba a MI equipo. Solamente constataba una realidad, pues en Mestalla había silbidos, mal juego y cánticos contra los dirigentes y el entonces entrenador.
También a través de las redes sociales elogié (y lo seguiré haciendo) que los azulgrana se tornaran 2.0 a nivel de social media, televisión o radio online antes que los blanquinegros. Y recibí un mensaje de un integrante del gabinete de prensa del VCF criticando mis palabras. No comment.
Tampoco parece que uno pueda alegrarse sinceramente de los éxitos del vecino. Porque en tu casa se cabrean y te insultan y en la de ellos te dicen que eres un choto (mote despectivo hacia los valencianistas) y que de esos no quieren allí.
Y yo, al final, solo reivindico una cosa: mi derecho a disfrutar con quien me dé la gana. Puedo tener un equipo, pero puedo ver que otro lo hace bien y decirlo. O alegrarme. O criticar a los míos para buscar que mejoren. Y no por ello dejo de ser valencianista ni soy un infiltrado o un oportunista con el Levante.
A pesar de que la consejera delegada de Yahoo haya pedido esta semana a los trabajadores que curraban a distancia que retornen a la oficina (en pleno siglo XXI y tratándose de una empresa que vende intangibles por internet...), el teletrabajo afortunadamente va ganando poco a poco más batallas.
Estamos en la era de la comunicación. Donde con un portatil, un móvil o una tableta te permiten (en muchos trabajos) poder realizar tus tareas desde Valencia, Hong Kong o Singapur Y donde, por ejemplo, un emprendedor puede abrir una tienda on line sin tener que pagar un local, luz, agua, gas y personal. O sea, sin comenzar un negocio con -10.000 euros en la cuenta.
Yo tuve la suerte de conocer a un amigo, Paco Gisbert, que trabajaba desde casa cando casi nadie lo gacía. Y su ejemplo me inspiró para dar ese paso hace ya siete años. Desde entonces no me ha faltado trabajo (entro otras cosas, porque lo he buscado), pero además he ganado en ocio y calidad de vida.
Porque trabajar en casa no significa tener que estar ocho horas delante del ordenador igual que en una oficina. Es muy posible que haya días que trabajes más horas que esas ocho. Y otros que menos. O que tengas reuniones de trabajo fuera de tu casa, en lugar de las que tendrías en tu oficina, que te lleven tiempo entre ir y venir.
Lo importante es saber que eso también es trabajo. Que una comida de negocios es trabajo. Y no pensar que estás de jarana todo el día (aunque, de hecho, puedas sentirlo así. Ocurrirá si lo que haces te apasiona). Así que espero que este artículo pueda ayudar a algunos de los que ahora no tienen más remedio que dar el paso al emprendedurismo. O a aquellos que tiene unas ganas locas de hacerlo. Yo estoy encantadísimo. Y espero seguir así hasta que (si cae esa breva) me jubile.
1.- Busca tu lugar para trabajar. Da igual la terraza, el sofá, el despacho o la mesa del comedor. Es importante que lo tengas delimitado, porque de esa forma tendrás la sensación (si no has currado nunca en tu domicilio) que tienes un sitio físico donde dedicarte a hacer tus cosas.
2.- No pienses en número de horas, sino en objetivos. El domingo por la noche hazte un listado de lo que vas a hacer durante la semana y divídelo por días. Y cuando acabes lo de ese día, sean las 12 del mediodía o la una de la madrugada, deja de trabajar. Eso nos lleva al punto tres.
3.- No adelantes trabajo salvo que sea por una buena causa (tomarte un día libre, pasar una tarde con la familia...). SIEMPRE hay trabajo que hacer, así que si hoy adelantas lo de mañana mañana adelantaras lo de pasado mañana y así sucesivamente.
4.- Ponte dos horas al día (una por la mañana y otra por la tarde) para responder mails. Salvo aquellos que tengan una urgencia inusitada, todos los demás no requieren inmediatez. Y además, contestarlos en el momento, en contra de lo que piensas, te rompe el ritmo de trabajo y hace complicado que vuelvas a concentrarte. De hecho, si lo haces así te darás cuenta que algo que ibas a hacer se te ha olvidado. Con dos horas al día tienes tiempo más que de sobra para responder correos. Ya lo verás.
5.- Usa las redes sociales, pero no las tengas a la vista mientras haces una cosa concreta. Lo mejor es que dediques cinco minutos de cada hora a mirar Facebook y Twitter. No solo por diversión, sino porque también te pueden dar ideas de negocio o ponerte en contacto con gente que te interese
6.- Tómate descansos. Ya que estás en casa, desayuna tranquilamente leyendo los periódicos. Cuando acabes una tarea almuerza, pero no cometas el error de hacerlo delante del ordenador. Usa tu tiempo para ti. En la oficina vas a almorzar al bar y no trabajas. En casa tampoco. Y después de comer haz sobremesa y si puedes descansa un poco. Cuando vas a comer a casa no curras hasta que vuelves a la oficina. Aquí tampoco.
7.- Sal a la calle. Si no has quedado con nadie, da un paseo. O tira la basura. O ve a comprar una revista. O aprovecha para quedar con un amigo al que no ves desde hace tiempo usando tu nueva disponibilidad horaria. Encerrarse significa que entre el síndrome 'como trabajo en casa tengo que aprovechar el tiempo el doble porque estoy lleno de distracciones'. Quita ese pensamiento de la cabeza. Te repito el punto 2: si eres productivo, tu trabajo está hecho. Y si está hecho, no tienes por qué seguir calentando el sillón de tu casa como haces en tu actual puesto. Como alternativa ponte el capitulo de una serie. Y disfruta de el sin remordimientos.
8.- Haz ejercicio. Al menos, tres veces a la semana. No solo te rompe la rutina, sino que te ayuda a aclarar las ideas y a que se te ocurran algunas nuevas. Y, si puedes, hazlo en horas donde no tengas nada que hacer. Si has acabado una tarea a las 12 del mediodía, no tengas reparos en salir a correr. Puedes llevarte el móvil y escuchar música mientras lo haces. Y si alguien te llama puedes devolverle la llamada en 45 minutos. Y no va a pasar absolutamente nada.
9.- Aprovecha para mejorar tu formación. Haz cursos on line. Hay muchísimos muy buenos hoy día. Páginas web como Floqq te ofrecen cursos que pueden ser gratuitos hasta tener un coste máximo de 50 euros, impartidos por gente que trabaja en el mundo real, no por charlatanes. Y eso también es trabajar.
10.- Y, sobre todo, disfruta los momentos familiares en casa. Si tienes hijos aprovecha tu libertad para jugar con ellos o llevarlos al cole. Todo ese tiempo es el que nos roban las empresas mastodónticas del siglo XX. Y en realidad nos pertenece. Si una compañía me pide una cosa que en teoría se tarda en hacer seis horas y se la hago en cuatro, por qué no puedo irme las dos restantes con mis niños al parque?
Hay muchas canciones de Maldita Nerea que explican muchos de los sentimientos que vivimos hoy día. Y que son aplicables al día a día, al futuro e incluso a otros aspectos. Es el caso del fútbol. Y, más en concreto, de un futbolista en particular.
Hay talentos que se ven venir. O que te los hacen ver venir al metértelos por los ojos a cada instante desde Brasil, Argentina o Alemania. Pero la virtud está en vislumbrar aquellos que no son tan fáciles. Que suelen ser los más cercanos. Los menos impactantes.
Existe la creencia en España de que pocos futbolistas de equipos pequeños pueden triunfar directamente en un grande, como también ocurre que entrenadores enormemente válidos no son ni serán candidatos jamás a los mejores banquillos de la competición. Viste más un Queiroz que un Caparrós. Aunque la diferencia acabe siendo más que evidente.
Eso es, quizá, lo que le ha ocurrido a Michu. Un centrocampista con llegada, como tantos otros en nuestro país. Artífice de una excelente temporada del Rayo Vallecano, algo ya menos habitual. Y barato, para un mercado donde las medianías no bajan de siete millones de euros.
No diré que he visto todos sus partidos este año. Entero, ninguno. Resúmenes, muchos. Imágenes con sus jugadas, bastantes. Como hacía de pequeño, por ejemplo, cuando Estudio Estadio era Estudio Estadio. Y ya en aquel momento te dabas cuenta de si un tío era bueno o no en apenas cuatro minutos semana a semana.
Lo que me ha llamado la atención es que desde sus inicios haya sido titular. Que su técnico además le hiciera jugar casi como nueve puro. Que haya ejecutado movimientos que se nota que no ha aprendido, sino que son innatos. Y que haya culminado su primer año en un Swansea desconocido para la mayoría de nosotros hace siete meses con un título, marcando además en una final.
¿Quñe diferencia al Michu de ahora del de Vallecas? Nada. Y todo. Sigue jugando en un equipo más pequeño que muchos. Y sigue aportando más que la mayoría de sus compañeros sin que nadie le haya señalado explícitamente como el líder. Pero él ha crecido hasta creer que lo es. Y, lo más difícil, hasta demostrar que lo es.
He aquí el mérito de confiar en las personas. De ser capaz de ver su potencial. Lo que Laudrup veía que él podía hacer lo ha llevado a hacerlo, desentendiéndose de los desengaños de no fichar por equipos muy cercanos debido a los prejuicios de directores deportivos que dicen controlar el mercado.
Me alegro porque me parece un tío normal. Me alegro porque Laudrup me transmite la sensación de que el fútbol no es tan difícil ni debe convertirse en una guerra para dar espectáculo. Pero sobre todo me alegro porque ambos han dado una lección.
Y no es otra que un ovetense y un danés, en cualquier parte del mundo, pueden unirse en un proyecto común que culmine en éxito. Solamente por confiar el uno en el otro. Solamente por hacer lo que les gusta con ilusión cada día.
Leía hoy en un artículo del diario Las Provincias al responsable de la empresa Martínez Loriente, interproveedor de carnes (bastante justitas, por cierto) de Mercadona. Hablaba de que iban a buscar presencia en mercados emergentes, porque se abría una posibilidad alta de negocio más allá de sus relación habitual con los supermercados dirigidos por Juan Roig.
Pero no era esto lo que me llamaba la atención, sino la soflama habitual de los dirigentes hacia aquellos que componen cada día la sangre de su compañía: los trabajadores. Esta frase, muy manida ya, contituye el clásico 'Nuestra calidad se basa en preguntarles qué más puedes hacer por la empresa'.
Pues miren, señores, ha llegado el momento de invertir la cuestión. Ustedes (y muchos más) dan trabajo a mucha gente y eso siempre es loable en estos tiempos, pero no les habilita a pedirles que la principal parte de su vida transcurra entre sus cuatro paredes.
Son muchas las empresas que han quebrado por una mala dirección estratégica, pero muchísimas más por no saber tratar a sus empleados. En época de vacas flacas triunfa el mantra 'trabajar más por el mismo dinero' y eso no sólo no lleva a ahorrar costes, sino que acaba sumiendo a la plantilla en una desmotivación que les impide creerse su producto y en consecuencia venderlo de manera eficaz.
Parece que los grandes gurús todavía no se han dado cuenta de que están triunfando los lugares donde la pregunta es 'Qué más puede la empresa hacer por ti?'. Hablamos de sitios donde no cuentan las horas que trabajas sino los objetivos semanales. Donde se está comenzando a implantar el teletrabajo, que no solo ahorra costes de oficina y equipos sino que permite conciliar vida familiar y laboral. Y eso, algo tan sencillo como eso, hace al trabajador más feliz. Y es la verdadera puerta a que se identifique con el sitio donde trabaja y lo venda con entusiasmo.
La época de los jefes absolutistas pasó. Si eres un cabrón o inflexible con los horarios la gente acabará de ti hasta las narices. Y si no pueden irse porque no hay otra cosa, serán tan poco productivos por desmotivación que estarán perjudicándote. Es decir, justo el efecto contrario que dices perseguir.
Hoy día casi todos los trabajos se hacen con un ordenador y un teléfono. Y muchos de ellos no requieren presencialidad. Por qué no lo pruebas? Hay un último mantra muy sencillo. 'Si tienes contentos a tus empleados, lucharán por tenerte contento a ti'.
Pero claro, evidenciaría demasiado que muchos de los jefes son mediocres y no aportan nada más que mano dura y reuniones absurdas. Y si no que se lo digan a los magnates de los medios, que los han arruinado echando gente y devaluando su producto, pero siguen ahí mientras trabajadores válidos han perdido su puesto.
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